Movimientos Sociales: Necesaria Articulación Con La Educación De Jóvenes Y Adultos
Eje temático: Educación y contextos desfavorables: pobreza, exclusión, expulsión y encierro
La articulación en el contexto de la modalidad, organizaciones y otros actores del territorio
Trabajo colectivo del Área de Educación Popular del Movimiento Barrios de Pie – Libres del Sur.
Autor: Prof. Daniel Adrián Moccia – Co-autora: Prof. Flavia Silvana Lecomte
DATOS PERSONALES:
Apellido y Nombre: Moccia, Daniel Adrián
e-mail: danimoccia@yahoo.com.ar
Título profesional: Profesor en Enseñanza Primaria – Postítulo latinoamericano en Gestión y Dirección de Instituciones Educativas (FLACSO).
Lugar de trabajo y cargo: Escuela Hugo Leonelli – Director
Apellido y Nombre: Lecomte, Flavia Silvana
e-mail: flavialecomte@yahoo.com.ar
Título profesional: Psicopedagoga y Profesora en Psicopedagogía
Lugar de trabajo y cargo: Escuelas J. Ramón Cárcano y Ntra. Sra. De Loreto: Maestra integradora.
Centro de Salud San Nicolás de Bari: Psicopedagoga.
Movimientos Sociales: NECESARIA articulación
con la educación de jóvenes y adultos
Para comenzar, intentaré hacer algunas reflexiones sobre la educación de jóvenes y adultos en nuestro país, sobre la realidad que hoy vivimos quienes trabajamos en educación popular y sobre esas falsas contradicciones que se han venido desarrollando en estos últimos tiempos entre la educación popular que trabajan los movimientos sociales y la educación formal.
Desde una perspectiva liberadora la única forma de abordar las diferencias y la exclusión social que han producido las políticas neoliberales en este país, es complementando y articulando las experiencias de los movimientos sociales con la educación de jóvenes y adultos que se realiza dentro del sistema educativo.
Analizaremos la exclusión desde 4 dimensiones: la económica, la política, la social y la educativa.
En primer lugar, debemos hacer una breve descripción o análisis del contexto, sobre todo de los últimos 15 años. En los años ‘90, de la mano de quien fuera presidente de la Argentina, conocida como la etapa menemista, y a partir de sus relaciones carnales con EE.UU., se aplicó un plan de privatización de las empresas del estado y de destrucción drástica del aparato productivo Esto trajo aparejado la exclusión de miles y miles de compatriotas que paulatinamente perdían su trabajo, empezando aceleradamente un proceso de ensanchamiento de la franja de pobreza y de extrema pobreza en la población argentina.
Simultáneamente, se iban creando los mecanismos donde la mayoría de los sectores populares quedaban excluidos de los derechos políticos.
¿Por qué decimos la exclusión política? La exclusión política tiene que ver con la pérdida de derechos, la pérdida de espacios de participación a la que eran sometidas las mayorías populares. Nuestra Constitución dispone que «el pueblo habla a través de sus representantes», pero éstos traicionaron una y otra vez su mandato, quedando los sectores populares al margen de las decisiones políticas. Su participación, entonces, en los últimos 20 años de democracia, se limitó a elegir sus representantes cada 2 ó cada 4 años.
Paralelamente a esto se produjo la exclusión social. Alrededor de las grandes ciudades empezaron a acrecentarse en forma acelerada los bolsones de poblaciones (que algunos llaman villas, sectores vulnerables, sectores de pobreza, barrios marginales) y esta parte de la población que caía en esa franja iba perdiendo los derechos sociales. Desde el Estado solamente se los contenía con políticas paliativas vinculadas a lo alimentario; pero se perdía el derecho a la educación, a la salud, al trabajo digno, a una vivienda, a condiciones dignas de vivienda, a barrios urbanizados, etc.
Este proceso de políticas neoliberales cerraba con las reformas en el sistema educativo, porque es en esta área donde se terminan de legitimar y consolidar las desigualdades culturales, del conocimiento y de la construcción de la ciudadanía.
Con la reforma educativa lo que se buscaba era terminar de legalizar y legitimar esto que en definitiva fue construir dos sistemas educativos donde la gran mayoría de los sectores populares que accedían a la escuela pública ya no producían conocimiento ni bienes culturales, ni accedían a los mismos, sino que eran solamente atendidos -y contenidos en el mejor de los casos-, como un lugar de resguardo, como comedores o como cuestiones mínimas de desarrollo de aprendizajes.
Esta ley que destruyó la escuela técnica y redujo a la mínima expresión las modalidades de adultos, especial, y artística, implicó el abandono paulatino de una franja importante de la población de la escuela pública, trayendo como consecuencia un crecimiento importante en los índices de deserción y fracaso escolar de niños, jóvenes y adultos.
En este contexto histórico-político el rol del Estado se transformó en un proceso doble: por un lado, achicamiento en sus funciones y reasignación de otras; por el otro, dejándolo fuera de la conducción general del proceso social, económico y político. El paradigma que rigió esa etapa era: “el juego de la libre oferta y la demanda garantiza la movilidad social”. Esto, en educación, significó lisa y llanamente que se la entendiera como un bien de mercado y no como un derecho social.
Toda esta situación tiene un punto de inflexión, un quiebre social, histórico-político, allá por diciembre de 2001. La crisis de representatividad era tan grande que, junto a la falta de respuestas a las demandas de la mayoría de la población, llevó a las jornadas –conocidas por todos- de eclosión social y de expulsión de un gobierno, y a la debacle del sistema representativo en la Argentina. (“Que se vayan todos”).
Al calor de esa etapa histórica, los movimientos sociales empezaron a tener masividad y un desarrollo acelerado. Si bien existieron siempre, el protagonismo de los movimientos sociales -conocidos en ese momento como movimiento piquetero-, tiene una envergadura tal que irrumpe fuertemente en la escena política argentina, como herramienta dinamizadora y organizadora de los nuevos sujetos sociales.
Con el acomodo paulatino de la situación política en Argentina durante los años 2002, 2003, los movimientos sociales más grandes, con estructura nacional, que estaban desarrollándose en todas las provincias, tienen una discusión interna sobre cómo abordar la nueva realidad. Algunos continúan poniendo su tarea central en la lucha por la reivindicación de derechos, o la conquista de derechos y otros, el nuestro particularmente, plantean que no solamente debería seguir haciéndose este camino sino que el movimiento social también debería ir incorporándose en la búsqueda de participación de los sectores populares en la política, no entendida como política partidaria, sino como herramienta para transformar la realidad y sobre todo para superar las necesidades de la gente. Por ende, el movimiento social debería servir para organizar y facilitar la participación popular.
Nuestro Movimiento salda esta discusión desde esta perspectiva y luego de hacer un diagnóstico participativo decidimos desarrollar el trabajo en distintas áreas: salud, educación, género, comunicación, trabajo cooperativo, juventud, cultura, derechos humanos. La meta que nos moviliza es poder construir políticas públicas para transformar cada necesidad de la población.
Nosotros, como miembros de Educadores Populares del Movimiento Barrios de Pie y Libres del Sur, venimos trabajando desde hace muchos años en la problemática de la educación y sobre lo que puede aportar la educación popular en la cobertura de necesidades.
Nuestro sistema educativo, que se caracterizó por la masividad de su matrícula, hoy muestra cifras alarmantes. Según datos del último censo realizado por el INDEC (2001), hay más de 700.000 argentinos mayores de 15 años que no saben leer y escribir, y cerca de 3.000.000 de analfabetos funcionales. A estos datos debemos agregar la existencia de desigualdades entre las diferentes zonas del país: mientras en el Chaco el índice de analfabetismo es del 8%, en Capital Federal es del 0,45%.
Nosotros entendemos que, en pleno siglo XXI, ésta es una de las situaciones de mayor injusticia que condena al ser humano a la exclusión de por vida. El 75% de la población que está fuera del sistema educativo pertenece a la franja denominada «nuevos pobres». El 25% restante, ya no a los nuevos pobres sino a los sectores de extrema pobreza, o de mayor vulnerabilidad, o como le dicen ahora la canasta básica de desocupados, la canasta básica de pobreza o la canasta básica de marginalidad.
¿Qué queremos decir con esto? Que el 100% de esta franja de la población pertenece a los sectores populares.
Si bien el sistema educativo intenta seguir dando respuesta, parcial o fragmentada a esta problemática, es interesante analizar que los centros educativos de jóvenes y adultos ya no llegan a un sector cada vez más importante de esta población.
A la par de que adentro del sistema educativo muchos docentes, intelectuales, fuimos pensando distintas formas de abordaje de la realidad cambiante, los movimientos sociales empezaron a ocupar un lugar que la escuela ya no ocupaba. Por una cuestión de identidad, por trabajo, por la comprensión de la propia cultura del sector, porque sus integrantes son parte de la misma problemática, empiezan a llegar a lugares donde la escuela ya no llega, la escuela formal o los centros que abordan la educación de jóvenes y adultos.
Los educadores populares que participamos en los movimientos sociales, formados muchos en las distintas teorías de la educación popular -sobre todo en los años ‘60 y ‘70, pero reelaborada y repensada en los años ‘90 y 2000-, sobre la base de lo que planteó Paulo Freire, hemos ido recreando experiencias con distintos educadores populares de toda latinoamérica.
La educación popular considera que el analfabetismo no puede ser abordado como un problema técnico-pedagógico solamente, sino como un problema que reviste profundas dimensiones sociales. Desde esta perspectiva, hacemos nuestras las palabras de Paulo Freire: “…Una vez le dijo un campesino al alfabetizador sin enojo, más bien, poniéndolo como un intercambio de conocimientos, usted me puede enseñar a escribir la palabra ‘arado’, y yo ‘puedo enseñarle a arar’ ”.
Entendemos a la educación popular desde una concepción metodológica dialéctica, de análisis de la práctica y elaboración teórica permanente, esto de práctica-teoría-práctica como proceso sistemático, ordenado y progresivo al ritmo de los participantes. Entendemos que la educación popular aporta a la pedagogía de la pregunta, rompe con la vieja y tradicional pedagogía de la respuesta de la cual está fuertemente imbuido nuestro sistema educativo, o sea enseñarle a los jóvenes, a los adultos, a los niños las respuestas de cada cosa en vez de brindarles las herramientas para cuestionar, analizar, proponer, preguntar y para, en todo caso, buscar distintas alternativas. Por eso nosotros decimos que la educación popular aporta metodológicamente a la pedagogía de la pregunta.
El gobierno del presidente Kirchner, al reconocer la complejidad de la problemática educativa y sus enormes niveles de exclusión, impulsa diferentes políticas de inclusión educativa, convocando a los movimientos sociales para trabajar en su implementación junto al estado.
Por ejemplo, cuando se lanza el Plan Nacional de Alfabetización “Encuentro”, en el Ministerio de Educación de la Nación se constituye una mesa de coordinación integrada por representantes de los movimientos sociales que trabajan en educación, junto a técnicos y funcionarios.
A medida que vamos abriendo distintos centros de alfabetización, la gente que participa, mayoritariamente, una vez que incorporó la herramienta básica de empezar a leer y escribir, empieza a reconocerse como sujeto participante de esta sociedad y, por ende, a incorporar el sentido de la pelea por los derechos más activamente. Y la primera demanda que aparece fuertemente es la necesidad de terminar la primaria.
En un diálogo con Paulo Freire se le pidió que en pocas palabras sintetice para qué servía la educación popular. Este contestó: “la educación popular sirve para abrir los ojos”.
-Y entonces…?
-Lo que pasa es que van a ver que una vez que abran los ojos ya no podrán dormir tranquilos.
Y este es el elemento central de la educación popular, porque la alfabetización les brindó esta herramienta. No son lector@s y escritor@s asiduas, apenas han empezado a incorporar elementos rudimentarios de lectura y escritura, y sin embargo ya con ese “apenas” empiezan a abrir los ojos para interpretar la sociedad, intentando incorporarse como sujetos activos en la transformación de la realidad.
Analizando nuestra experiencia, observamos que aparecen “contradicciones” al momento de articular con la educación formal para la terminalidad primaria. A pesar inclusive de que los ministerios impulsan acuerdos con los movimientos sociales para esta articulación, al interior del sistema educativo se advierten tensiones entre los distintos actores.
A modo de ejemplo, cuando se plantea que la alfabetización no se hace necesariamente dentro de una escuela, que puede hacerse en los comedores comunitarios, en una iglesia, en una casa de familia, que hay que ir a trabajar con los movimientos sociales, que hay que desestructurar la escuela, etc., escuchamos algunas reflexiones defensivas por parte de algunos docentes: “que los educadores populares nos quieren quitar el trabajo”; “por poca plata quieren flexibilizar nuestro trabajo”. Otro comentario es que no están preparados pedagógicamente para realizar tareas de alfabetización, etc.
Por el lado de los integrantes de los movimientos sociales, de los educadores populares, empiezan también a aparecer estigmas o conceptos que nosotros llamamos falsos, que hay que abordarlos. Por ejemplo: “las escuelas de adultos están vacías porque los profesores son estructurados”; “cómo van a enseñar a jóvenes y adultos si no conocen nuestras necesidades, nuestra realidad”; “nos tratan como a niños, piensan que no sabemos nada y que todo nos tienen que enseñar”; “a los profesores les queda cómodo trabajar con pocos alumnos y sólo dentro de la escuela”.
También está el mito de que la educación popular tiene que estar sólo fuera del sistema; que aborda lo que el sistema educativo no aborda; que los educadores populares sólo sirven para la organización de la gente; que la educación popular es una técnica de participación, etc.
Al contrario, nosotros decimos que la educación popular debe ser parte integrante del sistema de la escuela pública. Es más, nosotros somos parte de la constitución del Movimiento por una Educación Pública Popular ya que entendemos que la educación popular debe aportar a la pedagogía popular dentro del sistema educativo, no interpretándola como técnicas de participación, sino entendida como una metodología participativa, donde ésta promueve un proceso educativo basado en permanente recreación y construcción del conocimiento, desde la lectura del texto y el contexto.
Entendemos la realidad y la lógica de los docentes ya que muchos de los que integramos el equipo de educadores del movimiento trabajamos dentro del sistema. Pero también vemos cómo muchas veces esta lógica nos ha llevado a recluirnos defensivamente.
La Declaración de Hamburgo señala, entre otras cosas: “…El nuevo concepto de educación de jóvenes y adultos pone en tela de juicio las prácticas actuales, ya que exige una interconexión eficaz dentro de los sistemas formal y no formal, así como innovaciones y una mayor creatividad y flexibilidad. Se debería hacer frente a estas dificultades mediante nuevos enfoques de la educación de adultos enmarcado en el concepto de educación a lo largo de toda la vida…”.
Los docentes nos tenemos que animar a trabajar junto a los movimientos sociales, porque ya no podemos abordar la realidad de este país si no entendemos a la escuela constituida en su contexto. Nos obliga a pensar cómo hacemos para que la escuela también se constituya en el comedor comunitario, en la casa de la familia, en el salón de la parroquia; cómo la escuela ya no está sólo atada a un edificio estático sino que la escuela es dinámica, ocupa lugar y hace parte a la población del sistema educativo.
Este debe ser el desafío de poder articular con los movimientos sociales.
Sostenemos también que se debe jerarquizar la profesión docente, que peleamos para que la escuela pública tenga cada vez más recursos, para que sea cada vez más pública y más popular. También, para que en la formación de los docentes se incorpore la pedagogía popular. La escuela no resuelve la distribución de la riqueza, pero sí es responsable de una justa distribución de los bienes culturales. Eso sí nos compete a nosotros. Y esa es la responsabilidad que hoy venimos a discutir: desde qué lugar cada uno aporta a reconstruir un país con justicia social, con independencia política y con soberanía.
Retomando lo que dijo Paulo Freire, muchos de los que estamos acá ya no podemos dormir tranquilos. Es hora, seguramente, de poder empezar a construir todos juntos el sueño de vivir en un país que nos contenga a todos y a todas.
Bibliografía:
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